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LECTURA PARA LUNES: El mejor amigo del perro…

paul-brito-340x160Por Paul Brito.-

El escritor Paul Brito cuenta la historia de cómo su gato y su perro se hicieron mejores amigos.

Hasta los 7 años viví en manada. Nos habíamos mudado cuatro veces desde que nací y siempre con toda la familia: mi abuela, mis tíos, mis padres, mis primos, mi hermana y Ringo, el perro de la casa.

En la última residencia que compartimos, se sumó un nuevo integrante: Ñoño, un gato que mi padre se había traído de un bar. El bar tenía un nombre hermoso: El Cabo de la Vela, y quedaba frente al Parque de los Músicos. El dueño de la taberna afirmaba que el gato se aparecía por temporadas y tenía la mala costumbre de romper las botellas vacías para beberse los restos de cerveza.

El tipo estaba aburrido de ese comportamiento. Antes de que el hombre le hiciera daño, mi padre se trajo el gato para la casa y nos lo dio como regalo a mi hermana y a mí. Con el tiempo me di cuenta de que los animales con que se aparecía mi padre eran más bien un regalo para él mismo, que alguna vez había querido ser veterinario y añoraba la finca de sus padres.

Pensábamos que Ringo podía ser una amenaza para Ñoño, pero fue lo contrario. Ñoño era el que perseguía a Ringo y Ringo el que debía subirse a un palo. Pero era solo un juego; vivían en un idilio amistoso. Dormían juntos en un rincón del patio, compartían el alimento, Ringo defendía a Ñoño de los otros perros y Ñoño defendía a Ringo de los otros gatos.

Ringo tenía 10 años de edad. Había nacido a comienzos de los 70 y mis tíos le habían puesto el nombre en honor a Ringo Starr, el cantante de los Beatles. Era negro, lanudo, parecido a un pekinés pero más grande, con ojos azul turquí y cierta particularidad: era fanático del Junior. Mi papá salía a transmitir los partidos en el estadio Romelio Martínez, que quedaba a una cuadra de distancia, y mi madre encendía la radio (una Sanyo gris doble casetera) para escuchar la transmisión.

Justo antes de que la gente festejara los goles del Junior y justo antes de que la radio cantara el gol y se sintiera en el aire el rugido de los hinchas y en el suelo la vibración de sus saltos, Ringo se anticipaba y comenzaba a ladrar y a aullar y a dar vueltas en círculo.

Cuando los partidos del Junior eran de visitante, mi papá se servía un vaso de Castalia con hielo y un chorro de ron Tres Esquinas, y se sentaba frente a la radio. Mi mamá, a su lado con una libreta en las rodillas, iba anotando los comentarios y las ideas que mi papá le iba dictando para armar su programa radial del día siguiente.

En todo ese tiempo Ringo no se movía de sus pies; balanceaba por momentos la cabeza como aprobando las opiniones de mi padre, pero a veces gruñía como desaprobando algún diagnóstico. A cada rato llegaba Ñoño y le restregaba el pelaje amarillento invitándolo a jugar, y Ringo lo miraba de reojo como diciéndole: “espera que termine el partido”.

Por ese tiempo los dálmatas de los Londoño, nuestros vecinos, contrajeron parvovirosis. Ringo casi nunca salía a la calle, pero aquel día se le dio por salir y olisqueó un excremento rojo que uno de los dálmatas había dejado.

Murió para la época en que estábamos a punto de mudarnos a la urbanización. Ñoño pasó varios días nervioso; en la casa decían que tenía miedo de mudarse a un barrio en medio de la naturaleza, porque los gatos son animales muy urbanos; otros familiares decían que simplemente estaba triste y desconcertado por haber perdido a su mejor amigo. El caso es que el día de la mudanza, cuando íbamos por la autopista, Ñoño se lanzó por la ventanilla y corrió hacia la ciudad. Tiempo después el cantinero de El Cabo de la Vela le dijo a mi padre que había vuelto a ver al gato en el bar.

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