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OPINION: Vincho Castillo y el lado sucio de la nación

Los últimos días han estado marcados, entre otros acontecimientos, por las andanzas de la prole de Vincho Castillo.

Primero fue Vinicito –una criatura particularmente desagradable que ha escalado a una posición de legislador sin que nadie lo haya elegido- a quien el portavoz presidencial tuvo que exigir un poco de cordura y decencia en su trato al presidente Medina y su equipo más cercano. Y luego, las nuevas andanzas de Pelegrín, quien, en su condición de ministro de Minas, anda cabildeando junto a empresarios extranjeros la venta al cabildo capitalino de lámparas de alumbrado público o algo así.

Aunque el portavoz presidencial respondió con altura y energía a los desmanes verbales del diputado Castillo, es evidente que los mismos poderes constitucionales optan por evadir el tema de la familia Castillo en la política nacional. Y es que Vincho Castillo y sus hijos conforman un hampa temible en la República Dominicana, un genuino poder fáctico que brinca sobre las leyes y desconoce toda ética diferente a la que emana de la desfachatez política.

Los vástagos del arquitecto del madrugonazo de 1978 afirman su poder en la difamación y el escándalo público, tal y como siempre lo ha hecho el viejo Vincho desde que se estrenó como palero trujillista en el Cibao

No quiero decir que sean el único poder fáctico en República Dominicana. Todo sistema político contiene poderes fácticos que logran imponer decisiones por encima de los cauces formales de la política. Y en nuestro país son muchos y muy relevantes a la hora de entender la política: familias burguesas prominentes, asociaciones empresariales, la jerarquía eclesiástica encabezada por el cardenal más afrentoso del continente, los militares, la embajada gringa, camioneros y concheros, etc. Pero si observamos el listado anterior, no es difícil advertir que cada una de las partes mencionadas posee algún atributo que garantiza su poder –dinero, autoridad “espiritual”, capacidad de movilización, etc- lo que no es el caso de la gavilla que comanda Vincho Castillo.

El clan Castillo no se distingue por su dinero, ni por su abolengo tradicional, ni por sus atributos geopolíticos. Como partido son un fracaso que nunca ha remontado el 1% de los votos. Pero en cambio poseen un don fundamental para mantenerse en el juego político de la media isla: una habilidad sorprendente para la difamación y la conspiración mañosa.

Todo el mundo sabe que caer en la lengua de Vincho Castillo y de sus descendientes es exponerse a ser cocinado públicamente en un caldo espeso de medias verdades, mentiras y chismes, con posibilidades muy limitadas de defensa. Y en consecuencia, los vástagos del arquitecto del madrugonazo de 1978 afirman su poder en la difamación y el escándalo público, tal y como siempre lo ha hecho el viejo Vincho desde que se estrenó como palero trujillista en el Cibao y cantó loas a la represión y asesinato de los expedicionarios del 14 de junio.

Ello explica, por ejemplo, que esa entelequia que se llama Fuerza Nacional Progresista, posea una presencia tan desproporcionada en el aparato del estado. Además de las inserciones particulares, controlan directamente un ministerio, una dirección nacional de la complejidad de migraciones, una diputación y un departamento en la cancillería. Y que en cada uno de estos lugares hayan hecho las cosas de la peor manera posible para la sociedad, sin que nada les pase.

En cualquier democracia medianamente consolidada que aprecie en algo a la probidad pública, ya Pelegrín Castillo hubiera sido destituido por su enrolamiento en actividades comerciales ajenas a su cargo y sospechoso de tráfico de influencias. Y ya se hubiera encausado a otros miembros de la familia por sus enrolamientos en actividades racistas que han clamado por la violencia contra terceras personas. O hubieran mandado para su casa el director de migración, un hombre que ha afrontado numerosas oportunidades de hacer las cosas mal, y las ha aprovechado todas. Pero nada de esto ha sucedido, sencillamente porque estamos presenciando el enfrentamiento entre un sistema débil y corrupto y una familia que ha trabajado seriamente para corromperlo.

Vincho Castillo y su gavilla de ineptos y difamadores atrincherados en la FNP han sido el caramelo venenoso que Leonel Fernández ha regalado a la sociedad dominicana, desde los lejanos tiempos en que el palero de todos los tiempos hacía campaña sucia contra Peña Gómez para facilitar la victoria electoral de quien entonces se presentaba como una esperanza de renovación nacional. Ha sido Leonel Fernández quien lo ha recolocado en la política nacional, entregándole los lados más sucios del sistema. Y ha sido Leonel Fernández quien, en un arrebato de sinceridad, se proclamó en cierta ocasión un “vinchista” convencido, colocando a este difamador profesional al mismo nivel de Juan Bosch, un hombre del que se podrá disentir en muchas cosas, pero nunca dejar de admirar su integridad ética.

No obstante mi conocida oposición a lo que el PLD representa, y mi muy discreto apego al tipo de gestión que hace Danilo Medina, cuando escuché al portavoz presidencial, no tuve otra opción que simpatizar con él. Creo que tuvo razón cuando exigió decencia y cordura a Vinicito Castillo. Le pidió lo que ni el diputado que nadie eligió ni su familia pueden asumir. Sencillamente porque basan su existencia en la indecencia y la insensatez.

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